lunes, 11 de enero de 2010

Cruce de caminos (V)

Lugh
A mi lado se sentó un chico castaño al poco de haberme sentado, sin pedir permiso. Me fijé un poco más en él y observé que iba vestido con ropa y zapatos de marca. Llevaba unas zapatillas de deporte blancas con dibujos dorados, unos vaqueros oscuros que tenían pinta de ser nuevos y tan caídos que dejaban ver su ropa interior de color verde oscuro, un jersey de color azul claro y una chaqueta gris. También llevaba una gorra en la cabeza desafiando el poder de la gravedad, puesta en perpendicular, que me recordaba a una antena parabólica. Solo con ver eso, me quedó claro que era el tipo de persona que me caía mal, tenía pinta de ser el típico chico maleducado (cosa que ya había demostrado), que carecía de personalidad y que era un cobarde que se crecía únicamente al estar en grupo. Sin mirarle si quera a la cara, me puse a mirar por la ventana, que estaba a mi lado a la izquierda. El paisaje era deprimente, pues la ventana daba a una carretera y lo único que se veía era un sin fin de coches. Pronto me aburrí y volví a mirar a la clase. En ese momento acababan de entrar dos chicas, una castaña y alta y la otra algo más baja y rubia. La castaña tenía un aire fúnebre y no sabía por qué pero me resultaba familiar, por el contrario, la chica rubia tenía aire de prepotente. La castaña se dirigió al fondo y cuando llego a mi altura clavó sus ojos en los míos. Yo la miré intentando recordar quién era, pero no lo conseguía. Aparté la mirada de su rostro y en ese momento recordé que aquella era la chica con la que me había chocado nada más entrar. La seguí con la mirada hasta que se sentó con expresión ausente y sin mirar a ningún sitio en concreto y me fijé en su rostro. Por un momento me dio miedo por la mirada perdida de sus ojos negros como pozos sin fondo; en esos momentos no estaba viendo la clase, estaba dentro de sí misma. Se quedó muy quieta, tan quieta que parecía de piedra y si a eso le uníamos la palidez de su piel, que resaltaba con el negro del anorak que llevaba y que no se había quitado todavía, parecía un cadáver al que fueran a enterrar. En ese momento la chica rubia se sentó a su lado y vi como la otra la observaba con mala cara; entonces, la rubia se volvió y le sonrió y esta le devolvió la sonrisa titubeante. Te has quedado embobado con la rubia tío. Me volví, era el chaval castaño el que hablaba y parecía dirigirse a mí. ¿O es con la otra? Sinceramente está más buena la rubia, pero si a ti te mola más la del pelo oscuro… No me mola ninguna de las dos. ¿No? Pues parecía que te las estabas comiendo con los ojos. ¿A cuál mirabas? A la castaña. Pues lo que te has perdido si te has quedado mirando a esa pava… No tiene mucho que ver y tiene una pinta de colgada… Pues a mi me parece una chica normal y corriente. Sí tú lo dices… Por cierto, me llamo Samael ¿tú? Lugh. Encantado tío. No te molestará que me siente aquí, ¿verdad? Es que se me olvido preguntar al llegar… Nada. En ese momento entró el profesor en la clase y menos mal que llegó, porque el tal Samael me estaba poniendo enfermo. Su acento de chulo y esa manera de referirse a aquellas chicas, como sino fuesen personas sino objetos que conseguir me había cabreado. Decidí apartar de mi mente el cabreo y centrarme en la clase. El profesor era un hombre joven, de unos treinta años, alto y regordete y con cara de buena persona. Tenía los ojos de un vivo azul, una nariz no muy grande con la punta redonda, una boca de labios gruesos y el pelo corto y moreno. Iba afeitado y vestía jovialmente, con unos vaqueros de color negro y un polo de color rojo. Buenos días a todos, me llamo Jack y voy a ser vuestro tutor durante todo este curso. Voy a empezar dándoos el horario que tengo aquí fotocopiado. Las preguntas para cuando acabe de repartirlo.

viernes, 1 de enero de 2010

Cruce de caminos (IV)

Esta es la primera entrada del blog del año, y lo inicio con la introducción del punto de vista de un nuevo personaje en la historia que hago por aburrimiento, Lilith. Únicamente me queda por presentar a un personaje más, a parte de Lilith. Agradecer a una gran amiga la sugerencia de los nombres de estos dos personajes, ya que no sabía cuales poner. ¡Gracias, Rocío, coescritora! Sin más, me despido. Espero que no se aburran mucho si leen esto, un gélido beso.

Lilith
Aquel centro era peor de lo que había pensado. Con tres plantas, viejo y aburrido, daba la sensación de pobreza y suciedad. Observando aquel panorama me empezó a doler la cabeza fuertemente; además, aquel cielo gris, similar al de los muros del edificio, y aquella temperatura gélida, excesivamente fría para estar a mediados de octubre, no hacían sino empeorar aún más la escena. A pesar de todo ello, no podía regresar a casa, dudaba que aquella vez mis dotes de seducción y manipulación fueran a funcionar con mi madre, y más si se enfurecía, cosa que hubiese ocurrido si hubiera vuelto a casa en ese instante alegando en mi defensa que el lugar me semejaba deprimente desde la distancia. Miré la hora en el móvil y me di cuenta de que iba con el tiempo justo, por lo que empecé a andar más deprisa. Cuando entré en el edificio saqué el papel donde tenía apuntado el número del aula, era el aula treinta y cinco. Miré a mi alrededor y vi a una chica mirando las listas, vestida con unos vaqueros azul claro cuyo bajo le arrastraba y un anorak negro, que llevaba colgada del hombro derecho una mochila, también negra. Era bastante alta y delgada y tenía el pelo suelto, muy largo, castaño y enmarañado, que le llegaba a la altura de la cintura. Se dio la vuelta y observé su cara. No era una chica guapa, pero tampoco era fea, con unos profundos ojos negros, una nariz algo grande para su cara y unos labios ni finos ni gruesos, sin atisbo alguno de sonrisa, hacía que, junto con su ceño fruncido, fuera una chica poco atractiva y que causara lástima. Antes de que echara a andar me acerqué a ella. Perdona, estoy perdida, tengo que ir al aula treinta y cinco y no se dónde queda. ¿Sabes tú dónde es? Pues la verdad es que no lo se, pero da la casualidad de que esa también es mi aula, así que podemos buscarla juntas si quieres. Vale. Entonces sobrevino un silencio sepulcral. No me sentía a gusto con aquella chica, era un "bicho raro", pero aun así no parecía mala persona. Cuando terminamos de recorrer el pasillo de la planta baja e íbamos a iniciar el ascenso hacia la primera planta por unas escaleras situadas al fondo del pasillo, no pude aguantar más el silencio. Emm... por cierto, ya que parece que vamos a ser compañeras, creo que deberíamos presentarnos. Me llamo Lilith, ¿y tú? Yo me llamo Brigid. ¡Cómo mola tu nombre! ¿Y cuántos años tienes? Dieciocho. Anda, pues como yo. Y ahí se detuvo nuestra breve conversación porque llegamos frente a la puerta de nuestra aula. Las respuestas de Brigid habían sido muy breves y me había dado la sensación de que no me había prestado atención mientras hablábamos, lo que me molestó mucho, pues no me gustaba que la gente me ignorara. Brigid entró primero y yo la seguí. Miró la clase y pronto se dirigió al fondo de esta. Yo hice un barrido general de la clase y no vi ningún sitio libre, hasta que me fijé que en donde se había sentado Brigid quedaba un sitio libre. No me hacía mucha gracia sentarme con aquella chica, y sabía que hubiera podido convencer a cualquiera para que me cediera su sitio, pero aun así me senté a su lado. Una vez estuve sentada la miré, sonriendo, y ella tímidamente me devolvió su sonrisa, se la notaba incómoda, pero sabía que solo por aquel gesto que acababa de realizar no se iba a cambiar de sitio.

martes, 8 de diciembre de 2009

Cruce de caminos (III)

Brigid
Iba con los pies a rastras y desganada, mirando al suelo. En realidad no sabía qué hacía realizando aquel módulo, ni siquiera me interesaba el tema a tratar, pero aún así esa mañana me había levantado temprano y había bajado a desayunar al bar del edificio de apartamentos en el que vivía. Me tomé un café en la barra lentamente y salí camino de mi lugar de destino. Cuando estaba a unos pasos de la entrada alcé la vista del suelo y observé con desgana el aburrido edificio de piedra de color gris, aquel en el que iba a realizar el módulo durante, se suponía, tres años. Había una verja pintada de color verde, que en algunos tramos estaba medio oxidada, con una gran puerta abierta y una especie de patio, pequeñito, que separaba la verja de la entrada del edificio propiamente dicho. Volví a dirigir mi vista al suelo, ya que la visión del edificio no me gratificaba en absoluto, más bien me deprimía y me angustiaba. Dentro debía haber mucha gente, gente con vidas felices, gente triste o preocupada por algún asunto que de verdad era importante, y que al final conseguiría resolver y volver al estado de felicidad.
Llegué junto a la verja, tomé aire y me decidí a entrar, todo ello con la vista fijada en el suelo que pisaba. Justo en ese momento alguien se chocó conmigo, una de esas estúpidas personas, que van a todos los sitios con prisas y arrasando a su paso todo lo que se interpone en su camino. Por culpa del choque perdí el equilibrio y casi me caigo al suelo, pero milagrosamente conseguí agarrarme a la verja y evitar la caída. Entonces miré con rabia a la cara de la odiosa persona, que dio la casualidad de ser un chico. Lo siento, ¿estás bien? Ante esas palabras mi rabia se disipó, ¡se había disculpado! y lo más importante, ¡se había preocupado por si estaba bien o no! A eso había que añadir aquellos lindos y arrebatadores ojos verdes y aquella lisa, morena, mojada y despeinada melena que le caía sobre los hombros, y que le sentaba espectacularmente bien. Umm... sí, no ha sido nada. Nos quedamos unos segundos mirándonos, pero él en seguida apartó su mirada de mi y se dispuso a entrar, yo le imité y echamos a andar, entrando juntos. Al final me quedé rezagada en el pequeño patio porque noté que los cordones de mis zapatillas se habían desatado. Vi como entraba en el edificio y después me até apresuradamente los cordones, quería ver a que clase iba aquel chico. Cuando entré no le vi por ningún lado y mi ánimo volvió a decaer. Me dirigí a las listas y pronto vi mi nombre. Miré cual era el aula y me dispuse a buscarla. Una chica rubia se acercó a mi. Perdona, estoy perdida, tengo que ir al aula treinta y cinco y no se dónde queda. ¿Sabes dónde es? Pues la verdad es que no lo se, pero da la casualidad que esa también es mi aula, así que podemos buscarla juntas si quieres. Vale. Empezamos a recorrer en silencio el pasillo que se abría a nuestra derecha y vimos que en él estaban las aulas de la uno a la quince. Al fondo del pasillo había unas escaleras que subían y decidimos ascender por ellas. Emm... por cierto, ya que parece que vamos a ser compañeras, creo que deberíamos presentarnos. Me llamo Lilith, ¿y tú? Yo me llamo Brigid. ¡Cómo mola tu nombre! ¿Y cuántos años tienes? Dieciocho. Anda, pues como yo. En ese momento llegamos ante un aula de la primera planta cuyo número era el treinta y cinco, nuestra conversación se detuvo y entramos en silencio. Miré mi reloj y vi que habíamos llegado justo a tiempo. Eché una rápida ojeada y vi únicamente dos sitios libres al fondo. Fui apresuradamente a sentarme en uno de ellos y al llegar a la altura de la tercera fila mi corazón dio un vuelco, ¡allí estaba sentado aquel chico! Nuestras miradas se cruzaron, pero en la suya no hubo el mínimo signo de reconocimiento. Me deprimí más de lo que estaba. ¿Cómo podía continuar siendo tan estúpida? ¿Cómo se me podía haber pasado por la cabeza la idea de que alguien se preocupara por mi? ¿Por qué seguía siendo tan ilusa? Ese "¿estás bien?" únicamente había sido por pura cortesía. Me dirigí consternada al fondo de la clase, recriminándome el haber creído que una persona que ni si quiera me conocía se preocupase por mi, una chica insignificante; tan poca cosa, que si moría nadie me echaría de menos... Tiré la mochila al suelo y me dejé caer en la silla. A mi lado se sentó la chica que me había acompañado hasta la clase, y por primera vez me fijé realmente en ella: tenia el pelo largo y dorado, que le llegaba hasta la cintura, tenía los ojos de color azul semejante al cielo en un día de verano.Su nariz era chata y sus labios eran carnosos y sensuales. Todo en ella era sensual. Su cara, su cuerpo, la forma de sentarse... Era perfecta. Me dio rabia y envidia tanta perfección y estuve tentada a cambiarme de sitio, pero en ese instante ella volvió su cara hacia mi y me concedió una gran sonrisa a la que respondí con timidez y por la cual decidí quedarme sentada al lado de aquella embaucadora chica.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Pobre niñito =(

Ayer cuando volvía a "mi dulce hogar" en el metro, al hacer transbordo en Plaza de España de la línea 3 a la 10, vi una cosa que me dejó, como expresarlo, helada y compungida. Tenía que bajar y las escaleras mecánicas estaban paradas. Cuando me acerqué al comienzo de las escaleras, pude ver al fondo, en el tramo final de estas, que había una aglomeración de gente. Bajé por las escaleras del medio y cuando llegué abajo pude ver que el pie de un niño de unos cinco años había quedado atrapado en el borde derecho de la escalera mecánica. Tenía el tobillo enteramente doblado... Fue una imagen que se me quedó grabada en la mente incluso después de que el niño desapareciera de mi campo de visión. Sujetando al pequeño había un hombre, que supuse, sería su padre, y al pie de las escaleras había una mujer con lo ojos inundados en lágrimas, que supuse, sería su madre. Había otros hombres que intentaban liberar con una palanca el pie del niño. No me pude detener más que para observar la escena un instante con el corazón en un puño, ya que la conglomeración de gente hubiera entorpecido todo, así que terminé bajando por las escaleras mecánicas que seguían a las que estaba el niño. Nunca sabré como acabó todo, espero que al niño no le haya pasado nada grave y esté bien. Sin más, me despido, un gélido beso para todos.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Cruce de caminos (II)

Lugh
Me desperté sobresaltado por culpa del agudo sonido del despertador; lo apagué con furia y me intenté volver a dormir. Minutos después, cuando estaba a punto de conciliar el sueño de nuevo, vino a mi mente el motivo de que la alarma sonara a las ocho de la mañana: tenía que acudir al curso. Me levanté de un salto de la cama, con el pulso acelerado y me dirigí al baño. Una vez allí me desnudé, dejando la ropa tirada por el suelo y me metí en la ducha. Dejé correr el agua helada hasta que esta alcanzó una temperatura agradable para el cuerpo y me lavé con rapidez la cabeza y después el cuerpo. Al terminar me puse una toalla en la cabeza para que mi larga melena se secase y tiritando, con el frío en lo más profundo de mi ser, me envolví en mi esponjoso y cálido albornoz azul. Envuelto en él me fui a la cocina, abrí la nevera y cogí una manzana, la cual comí sin pelar, después de haberla lavado. Miré la hora en el reloj que había colgado en la pared de la cocina, eran las ocho y veinte, llegaba tarde. Me fui corriendo a la habitación, abrí el armario y cogí lo primero que tuve a la vista: unos pantalones negros, bastante anchos y cuyo bajo me arrastraba, una camiseta de uno de mis grupos favoritos: iron maiden, unos calcetines negros y unos calzoncillos grises. Fui al baño y dejé allí colgados el albornoz y la toalla de mi cabeza. Cogí el cepillo y me cepille un par de veces el pelo, también me lavé los dientes y finalmente cogí el pijama del suelo y lo eché a lavar. Me puse el abrigo, me colgué la mochila al hombro, guardé las llaves y el móvil en el bolsillo derecho del pantalón y encendí el mp4. Justo cuando estaba saliendo de casa, mi madre se levantó y medio soñolienta me dio un cariñoso beso de despedida en la mejilla. Eran las nueve menos veinticinco, no llegaba tarde pero aun así decidí ir a paso ligero. Llegué diez minutos antes de que empezaran las clases y justo cuando iba a entrar por las puertas del recinto, estaba tan ensimismado que sin querer me choqué con una chica a la que casi tiro al suelo. Lo siento, ¿estás bien? Umm... sí, no ha sido nada. Fijé mi mirada en su rostro y vi en sus ojos una expresión que no supe muy bien como interpretar: en un principio vi rabia, pero esta expresión en seguida se transformó en curiosidad. No me fijé en nada más y sin añadir nada ninguno de los dos entramos juntos. Al poco tiempo se me olvidó el percance sufrido y mi mente solo pensó en el curso. Miré las listas para ver en que clase estaba y me puse a buscar el aula. A los cinco minutos conseguí encontrarla, entré y me senté en un sitio de la tercera fila.